Casi todas las conversaciones sobre algo difícil tienen la misma forma, aunque cambie el contenido.
Frente a una situación problemática, se habla de la situación problemática. ¿Cómo resolvemos esto? ¿Cómo lo solucionamos? Tenemos esta situación.
Si lo pienso como un punto en el espacio, el problema funciona como un centro de gravedad. Toda la conversación se acopla a él. Se pueden dar vueltas durante horas, pero siempre alrededor del mismo punto.
Yo funcioné así toda la vida, y sé más o menos de dónde viene.
En primer grado hablábamos de quiénes queríamos ser cuando fuéramos grandes, de qué hacían mamá y papá. En segundo grado aparecieron los problemas. De cualquier tipo, y la misión era resolverlos. Todos por igual. Y a medida que avanzaba de grado, los problemas eran más complejos.
Crecí mirando al problema.
Tardé en darme cuenta de que me había convertido en una máquina de resolver problemas. El que mejor resolvía la tarea era el mejor premiado, y el eje de mi atención se organizó alrededor de eso.
Llegué a las constelaciones organizacionales por problemas financieros. Me sugirieron formarme con Julio Príncipe Portocarrero —a mi parecer, una de las mayores referencias de la mirada sistémica organizacional en habla hispana— y tomé la oportunidad.
Ahí descubrí que se podía conversar de otra manera.
Julio nos introdujo la mirada centrada en soluciones, una línea que abrieron en los años ochenta Steve de Shazer e Insoo Kim Berg. En términos simples: en vez de orbitar alrededor del problema, orbitar alrededor de la solución.
Fue un impacto profundo. Y no fue inmediato. Los caminos que se recorren una y otra vez se vuelven los más fáciles de recorrer, como un valle que se va marcando. Cambiar de camino requiere práctica.
Lo que haría
Un ejemplo.
Una persona siente que en su trabajo no la valoran ni la reconocen. Las reacciones típicas son tres: hacer de más, resignarse y hacer de menos, o irse. Pero por dentro todo gira alrededor de lo mismo: no me reconocen, no me valoran.
Viene y me cuenta. Me enumera mil momentos en que valoraron a otros, y lo injusto que fue.
La pregunta que surge es: ¿y si pudiera ser diferente? Si efectivamente te valoraran y te reconocieran, ¿qué sería diferente?
Es muy posible que insista. El circuito ya está activado; lo recorrió muchas veces.
Entonces, cuando termina de hablar: y a pesar de todo eso, ¿cómo es que todavía lográs ir y hacer tu trabajo?
Ahí la conversación cambia de centro. Una conversación centrada en soluciones se construye desde los recursos: lo que la persona ya tiene y dejó de ver. El valor que dejó de reconocer en sí misma.
Y el solo hecho de mirar en esa dirección ya abre la posibilidad de algo distinto.
La persona ya no tiene un problema. Frente a una situación injusta, tiene recursos admirables. Cambia la actitud, cambian las posibilidades, y de una manera que todavía no sé explicar del todo, cambia la relación consigo misma. Y con eso, la relación con el entorno que le generaba el conflicto.
Todo conflicto tiene el potencial de mostrar lo que todavía no vimos adentro.
Referencias
- Steve de Shazer e Insoo Kim Berg, Terapia breve centrada en soluciones
La pregunta del milagro. De ahí viene la pregunta que hago: ¿qué sería diferente?
https://gastonlopeztropeano.com/textos/lo-que-veo-cuando-una-conversacion-gira-alrededor-del-problema